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El castigo de “estar loco”

La falta de atención por parte del estado a la salud mental de los nicaragüenses es evidente. Con acciones como el poco presupuesto dedicado a esta área de la salud, la nula preocupación por la realización de campañas que destruyan el estigma y el abandono a la atención pública en materia de salud mental, recibir tratamiento o terapia para los jóvenes que demuestran algún tipo de trastorno mental es casi imposible.

Por: Andrea Espinoza

Antes de recurrir a la salud pública en busca de ayuda, Scarleth Reyes, una joven de 20 años diagnosticada con trastorno depresivo y trastorno de ansiedad generalizada, ya conocía un poco del Hospital Psicosocial José Dolores Fletes, gracias al tiempo en el que fue voluntaria en Ventana, un proyecto para colaborar en el arte terapia y baile terapia de las personas internadas en el centro conocido popularmente como “El cinco”. 

A Reyes siempre le pareció triste escuchar todo lo que comentaban del hospital psicosocial quienes tenían la oportunidad de realizar sus pasantías ahí. Su tristeza engrandeció cuando descubrió que lo que decían era cierto. Un espacio tétrico y poco estimulante que no parecía estar hecho para buscar la mejoría de sus pacientes. 

En el presente año Scarleth decidió asistir al centro psicosocial en búsqueda de recibir tratamiento para sus problemas de salud mental. Se sintió decepcionada al notar como las medidas de seguridad para evitar el contagio del COVID-19 eran pobremente acatadas. En la entrada del lugar le solicitaron su identificación, la hicieron lavarse las manos y le tomaron la temperatura. 

Una vez en el lugar, se dirigió a la Sala de emergencias, donde la colocaron dentro de una extensa lista, un tiempo después la llamaron para tomarle nuevamente la temperatura. Una sensación de asco invadió su cuerpo cuando notó que utilizaban un termómetro de mercurio que apenas limpiaban con un algodón seco. 

Después de ello, esperó durante tres horas que le atendieran. Llegada la hora de almuerzo comprendió que le tocaría esperar durante una hora más. En medio de una crisis nerviosa, decidió que era demasiado, que la visita al psicosocial solo había logrado perjudicarla más.  El espacio estrecho y sucio en el que no se acataba el distanciamiento social le produjo ansiedad. Sin mencionar el maltrato que recibió. 

Ser joven y tener un trastorno mental significa en Nicaragua una doble condena. Un país que lleva dos años hundido en una terrible crisis sociopolítica y económica que le ha arrebatado las posibilidades de abandonar los primeros lugares en la lista de países más pobres del continente americano es también una nación donde la salud mental es un tema del que poco se habla, o del que no se habla por completo. 

La adolescencia y juventud son dos etapas complejas en el plano emocional, edades llenas de decisiones, cambios emocionales y físicos que toman por sorpresa y en ocasiones, confunden; en palabras de la psicóloga Estrella Lovo, “es un proceso de muchos cambios. En la infancia tenemos recursos o referentes de protección que nos permiten conocer un mundo seguro, en la mayoría de casos. En la adolescencia y la juventud te tenés que enfrentar a esas situaciones, en muchos de los casos, solo o con muy poca información con respecto a estos cambios emocionales”.

Agregar a ello que, la juventud es una fase en la que el ser humano se llena de expectativas, está descubriendo y entendiendo la manera en la que funciona el mundo, experimentando, comenzando a ser parte de él. 

Ese proceso conlleva también algunas decepciones: “la juventud es una edad en la que te creas muchas ideas e ilusiones, cuando sentís que estas ilusiones no son accesibles o que no va a ser posible realizarlas entonces viene mucha tristeza, desilusión” expresó la psicóloga Nora Habed. 

La juventud significa la recta final de la construcción de la identidad, un proceso en ocasiones confuso que es emocionalmente agotador. Sumarle a ello las responsabilidades y decisiones que se atañen y la necesidad de entender todo lo que ocurre en el entorno, tanto positivo como negativo. 

Todo esto puede repercutir en afectaciones a la salud mental, un tema del que no se conversa con la suficiente frecuencia “únicamente te hablan de los cambios físicos, de las responsabilidades, de lo que tenés que hacer, pero muy poco hacen alusión del ser y cómo alimentar ese ser en constante cambio” comentó la doctora Lovo. 

Ser joven y vivir con un trastorno mental 

La juventud es un período duro, contrario al pensamiento de algunas personas, que mantienen la idea de que aquel que es joven no tiene por qué quejarse. Se convierte en un camino más rocoso si el joven debe cargar con una salud mental inestable que le impide desarrollar sus tareas y responsabilidades de una manera adecuada y sana. 

Según un informe de la Organización Panamericana de la Salud (OPS), Nicaragua es un país donde menos del 1% del presupuesto nacional es destinado a temas de salud mental, contar con la posibilidad de recibir una terapia psicológica es más un privilegio, que un derecho. 

Alison González, una joven de 18 años que recibió durante un tiempo tratamiento para el Trastorno de Déficit de Atención e Hiperactividad (TDH) y ataques de ansiedad, fue diagnosticada con anorexia nerviosa, patrones de bulimia y ortorexia expresó “aquí en Nicaragua (al menos en mi experiencia) no existe un lugar o un centro de rehabilitación para personas con mi trastorno, ni siquiera campañas, no existe absolutamente nada que haga visibilizar esta problemática”.

Según González, los jóvenes con trastornos mentales en Nicaragua deben vivir todo el tiempo soportando comentarios sobre que el trastorno del que son víctimas no es real, que está dentro de su imaginación o que es simplemente un capricho, algo que demuestra que en Nicaragua no existe una concientización sobre qué son los problemas mentales o sobre la salud mental.

En Nicaragua los recursos utilizados para la salud mental muestran cómo el tema, se encuentra en el último puesto de prioridades establecidas por el estado. El informe sobre el sistema de salud mental nicaragüense, realizado en el año 2006 por la Organización Panamericana de la Salud, (OPS) demostró que no existe una política o legislación sobre salud mental, de los gastos de salud solo el 1% está destinado a salud mental y de este, el 91% es utilizado en gastos de hospitales psiquiátricos y el programa del seguro social, no ofrece cobertura a las patologías psiquiátricas y los problemas mentales de interés clínico. 

Se suma a esta grave situación de abandono en la salud y violación a sus derechos; el acceso a medicamentos es gratuito teóricamente, sin embargo, en el caso de los psicofármacos, el abastecimiento es insuficiente, el monitoreo y capacitación en derechos humanos es insuficiente y está limitado a la vigilancia de reclamos.

En cuanto al hospital psiquiátrico, el informe planteaba lo siguiente: cuenta con 2.98 camas por 100,000 habitantes, atiende 19 usuarios por 100,000 habitantes y no cuenta con camas para niños y adolescentes. A su vez, mencionaba que el tiempo dedicado a temas de salud mental en la formación profesional de la carrera de medicina es el 2.2% del total de horas del pensum, en la carrera de enfermeras es el 7,4%.

 Solamente el 4% de los médicos de atención primaria en salud, recibieron capacitación sobre temas de salud mental. Las enfermeras y otro personal de atención primaria en salud no recibieron ninguna capacitación en temas de salud mental, en el año 2004. 

En aquel momento, el total de recursos humanos trabajando en establecimientos de salud mental o práctica privada por 100,000 habitantes era de 7.93 y el programa de salud mental, solo contaba con un responsable y una trabajadora social a nivel central, lo que era insuficiente para desarrollar las actividades del plan de salud mental. 

A pesar de haber transcurrido 14 años desde la realización de este informe, en Nicaragua la situación ha mejorado vagamente. De hecho, actualmente la cantidad de presupuesto nacional que es dedicado a la salud mental, corresponde a 15 córdobas por cada habitante del país.  

Tema salud mental en Nicaragua

El psiquiatra Carlos Fernández mencionó que “desde 2007 el Ministerio de Salud de Nicaragua (MINSA), desarticuló el programa nacional de salud mental, el cual venía gestionándose desde 1979. Para los jóvenes no existe ningún programa específico de atención. La atención psiquiátrica y psicológica es pobre y de baja calidad, solo algunos centros de salud en Managua y algunas cabeceras departamentales tienen personal especializado. No existe un plan nacional de desarrollo de esta atención”.

Todas estas irregularidades en la atención, violan el Art 59. Los nicaragüenses tienen derecho, por igual, a la salud. El estado establecerá las condiciones básicas para su promoción, protección, recuperación y rehabilitación”.

Especialistas coinciden en que la salud mental no es tratada en Nicaragua con la importancia que este tema amerita. La psicóloga Keyling Castillo dijo que, “No se le brinda la importancia que amerita, desde que vos miras que en los colegios se deberían de mantener psicólogos para orientar al estudiante, para orientar al maestro y no los tenemos; en los colegios públicos no hay a un psicólogo, es un maestro de cualquier clase dando orientación psicológica, desde ahí, no hay una concepción real de la importancia del psicólogo”.  

Según Habed, uno de los puntos a destacar en la problemática de la salud mental es la imposibilidad de la que sufren los nicaragüenses para considerar el concepto de salud como algo integral, que incluye la salud física y emocional. No como dos partes separadas sino como dos piezas, que se interrelacionan para alcanzar el funcionamiento perfecto de una maquinaria. 

“En Nicaragua tradicionalmente se ha considerado la salud mental como algo muy marginal. Generalmente se habla de salud, pero en el sentido físico, difícilmente se piensa que en el término salud está también comprendida la salud mental” declaró Castillo. 

Scarleth Reyes, comentó desde su experiencia que, “No se presta a la salud mental tanta importancia como se debería, siento que es la última en la lista de cosas que tenemos. Lo primero es siempre la salud física, la economía y todo, eso lo principal, no le prestamos real importancia a la salud mental de nosotros y de las personas que nos rodean”.

Marcela Meneses, de 17 años diagnosticada con trastorno bipolar y trastorno límite de la personalidad, manifestó una posición similar, “no se le presta real importancia. Yo he ido a internados especiales para personas con trastornos mentales, y ahí las condiciones son horribles. Están separados por los que son agresivos y los que no son agresivos, y a los agresivos los tienen como enjaulados. Creo que eso empeora todo”.

La estigmatización

Otro de los puntos a destacar es la estigmatización que existe del tema, un elemento que rige el papel de causa y consecuencia. No se habla de la salud mental, porque está estigmatizado y a su vez, esto desemboca en una mayor estigmatización. En Nicaragua se piensa que la ayuda psicológica o psiquiátrica la necesita aquel que “está loco” una persona que es violenta, que debe permanecer encerrada porque arriesga su vida y la de las personas que se encuentren a su alrededor. 

Además, acudir al psicólogo o al psiquiatra no es un comportamiento normalizado, al contrario, se cree que es algo que debe causar vergüenza y mantenerse en secreto. Martha Trujillo, docente de la materia de psicología social en la Universidad Centroamericana (UCA), opinó: “usted va al dentista cuando tiene un diente dañado o cuando va al dermatólogo porque tiene acné, cuando uno tiene problemas de la índole mental, no únicamente patologías, tiene que ir con una persona que sabe de eso que en este caso es el psicólogo. Ha faltado educar a la población, le educó para que vaya al pediatra o al ginecólogo, pero no para que vaya a un psicólogo”.

Esta no es una situación de la que los jóvenes estén exentos, se ven obligados a lidiar con el estigma de aquellos que piensan que su problema “no es para tanto” o que están perdiendo la cordura por asistir con un psicólogo. 

Reyes comentó que, desde su experiencia, una de las partes más dura de ser joven y lidiar con un trastorno mental en Nicaragua, es la estigmatización, “creer que la depresión es un sentimiento o algo así, que es igual que la tristeza o que la ansiedad son solo ataques de pánico o solo decir, “aja tengo ansiedad”, conlleva muchísimas cosas. Es algo que tenemos que estar constantemente viendo, es decir “monitoreándonos” nosotros mismos para ver cómo nos sentimos y controlarnos”.

Para Trujillo, que un joven cuente con la capacidad y valentía de buscar ayuda, que logré decir;  “necesito alguien que me enseña a lidiar con mis problemas emocionales”, es un gran paso, porque significa dejar atrás los pensamientos de “qué dirán” o la vergüenza que puede producirle admitir que su salud mental se encuentra dañada. 

“Son admirables los muchachos que se acercan y preguntan: ¿Qué puedo hacer para que me mire un psicólogo?, es un paso tremendo que puede dar una persona, aunque en la mayoría de los casos son chavalos que lo preguntan calladito, que no quieren que nadie se dé cuenta que están hablando con un psicólogo, porque los van a estigmatizar, se asume que si vas con el psicólogo es un problema grave.” declaró. 

En Nicaragua, la desinformación sobre el tema salud mental se encuentra a la orden del día, existe poca (nula, en algunos casos) comprensión sobre las patologías mentales y todo lo que conllevan, este es uno de los impulsores más grandes del estigma, “hay una falta enorme de información, culturalmente no estamos preparados y más, no hay información al respecto” manifestó, Habed. 

A pesar de que, en el presente, gracias a los jóvenes que tienen valentía de confesar que, “se sienten mal”, el tema salud mental se está abriendo un poco más a discusión, el esfuerzo no es suficiente ni responde a la demanda necesaria para alcanzar una pronta evolución que empuje al cambio. 

El país arrastra décadas y décadas de silencio emocional. Resulta indispensable combatir la desinformación con campañas de concientización sobre esta problemática, algo que encamine a un nuevo pensamiento. Lamentablemente, no es una necesidad que se encuentre en la agenda del estado. 

“No conozco ninguna campaña sobre salud mental en este país, tenemos campañas de vacunación, campañas de cuidar el agua, contra lo zancudos pero ninguna campaña que nos invite a cuidar nuestra salud mental. Ya que no existen campañas, por ende, tampoco habrá una que junto a ella colabore a quitar ese estigma. Ni siquiera somos capaces de promover la salud mental”, afirmó Trujillo. 

Alto costo de terapias y medicamentos

En Nicaragua, es el segundo país más pobre del continente americano con un PIB (Producto interno bruto) per cápita de 1,870 dólares, el costo de una consulta psicológica equivale al 20% del salario mínimo más bajo, según datos del 2020.

En un acompañamiento psicológico, lo ideal es mantener un seguimiento de una cita semanal, lo que quiere decir que mensualmente, una persona tendría que gastar el 80% de su salario para recibir una terapia psicológica adecuada, eso sin contar medicamentos y exámenes adicionales. 

Estos números desalentadores son otra de las principales razones por las que la salud mental de los jóvenes se encuentra en constante riesgo, la mayor parte de ellos no cuenta con los ingresos económicos para costear el tratamiento, peor aún en los casos en los que dependen total o parcialmente de sus padres. 

Dependiendo del espacio socioeconómico, de la información a la que tengas acceso, hay una o varios otros tipos de atención, la población a la que yo acompaño es una población con diagnósticos, pero no seguimiento constante de los especialistas, no tienen acceso a comprar las pastillas porque son súper caras” afirmó la psicóloga Lovo. 

González, expresó que, desde su experiencia, los medicamentos eran extremadamente caros y además, difíciles de encontrar, “Los medicamentos que me recetaron cuando comencé a tratar mi condición eran caros. Además, tienen que ser medicamentos buenos, no la réplica de la réplica de la réplica, y aquí en Nicaragua, es bastante difícil encontrar eso. Una psicóloga que tuve cuando estaba en el proceso con el psiquiatra, cobraba 35 dólares cada cita, por esta razón mis citas eran discontinuas. Eran una vez cada 15 días” dijo.

Entonces en realidad contamos con dos problemáticas fuertemente visibles, los altos costos de los medicamentos y las terapias y la dificultad para encontrar los fármacos necesarios. “La escasez de fármacos es frecuente. El hospital psiquiátrico nunca modernizó su abasto y sigue con una lista básica obsoleta. Algunos fármacos como Decanoato de Flufenacina o Carbonato de Litio desaparecieron del mercado o su oferta es muy pobre. Los costos de antidepresivos son muy altos y no accesibles a la población” aseguró, el psiquiatra Fernández.  

Además, recurrir a la atención pública no es una opción viable, un solo hospital psicosocial es insuficiente para atender un país de 6,466 millones de habitantes. Así lo confirmó, Lovo “Si van al psicosocial las citas son muy espaciadas y más que todo es una intervención en crisis, si hay una crisis lo atienden de inmediato, lo dopan, lo estabilizan y los envían para fuera porque necesitan la cama”.

Pocos o ningún centro de salud cuenta con un psicólogo. Este acceso es aún más imposible para quienes viven en zonas rurales. “Los fármacos son muy caros y ese es otro de los problemas porque una persona que sufre de una depresión mayor, una persona que ya tiene trastornos psicóticos y que necesita antipsicóticos, necesita medicina costosa que no está al alcance y que no es proporcionado por el sistema de salud” comentó, la doctora Habed. 

Scarleth Reyes, aseguró que la experiencia producto de buscar ayuda psicológica gratuita, la que es proporcionada por el psiquiátrico, fue sumamente desagradable, describió el lugar como “tétrico” y agregó que la atención era pésima. Se vio obligada a costear una psicóloga privada que le llevará un seguimiento como correspondía. 

Aunque hay algunas opciones gratuitas o de pago simbólico como el centro psicosocial Ignacio Martin Baró ubicado en la Universidad Centroamericana (UCA), o la Clínica Psicológica Esperanza Monge Collado, estas pequeñas fuentes de ayuda siguen siendo insuficientes para responder a las necesidades de un país entero,  incluso de un departamento entero. Sin una buena atención gratuita, y con una inestabilidad económica que les impide pagar una terapia, exámenes o medicamentos los jóvenes con trastornos mentales en Nicaragua ni siquiera cuentan con la posibilidad de recibir el tratamiento que necesitan. 

Las consecuencias

Al igual que el no acudir al médico general cuando se está agripado, tiene consecuencias directas en el estado de la salud física, quienes no asisten al psicólogo para recibir el tratamiento que necesitan sufren de consecuencias directas en el desarrollo de su vida en todos los ámbitos. 

“Si no se tiene el acompañamiento preciso, no hay como obtener las herramientas oportunas, vamos a tener a un joven con un sinnúmero de afectaciones, problemas emocionales que no va a saber enfrentar y esto lo va a conllevar en su caso más negativo a ideas suicidas o intentos de suicidios”, explicó Castillo. 

También puede provocar la toma de malas decisiones como caer en adicciones con el alcohol o sustancias dañinas. A su vez, puede desembocar en el desarrollo de patologías y síntomas físicos, que agraven aún más el estado del joven, “lo que no se habla, el cuerpo lo habla” expresó Lovo.

Pequeños ataques ansiosos pueden evolucionar a un trastorno de ansiedad generalizada o ataques de pánico. Pequeños bajones de ánimo, pueden convertirse en un trastorno depresivo. Tener una baja autoestima puede transformarse en un trastorno de la alimentación. 

En aquellos casos en los que existe una patología genética que requiere fármacos, si la persona no recibe el tratamiento adecuado, lo más probable es que su estado mental empeore con rapidez y sin detenerse.  

“Si nosotros no estamos bien no logramos cumplir los objetivos en nuestra vida cotidiana como estudio, trabajo, pareja y relaciones interpersonales, familiares. Afecta en todos los niveles, hay distracción, alteraciones del sueño, muy poca capacidad de concentración, confusión, no llevas la vida de manera correcta. Los jóvenes están arriesgando mucho su futuro”, afirmó Habed. 

No contar con resiliencia emocional, impide el desarrollo de una vida normal y es un factor que causa afectaciones en las habilidades sociales, en la capacidad de mantener relaciones sanas y estables, en la auto confianza, en lo académico provoca la deserción universitaria, no permite a la persona crecer y avanzar en todos los sentidos de su vida. 

¿Cómo mejorar?

Es importante comenzar desde la educación, enseñar a los niños y niñas a normalizar la necesidad de asistir a un psicólogo y educar a los adultos a través de las campañas de concientización. “Promoverlo desde los colegios a nivel de primaria, que sea un psicólogo graduado el que esté dando acompañamiento psicológico a los niños y adolescentes, luego trasladar eso a la secundaria y a la universidad”, declaró Castillo. 

Reyes, una de las jóvenes que enfrenta problemas de salud mental, mantuvo una opinión similar; “preguntarle a los niños y niñas cómo se sienten, hacer que “expresar sus sentimientos” no sea un tabú, y ver las alertas de los trastornos en los niños, ver su forma de interactuar y todo eso. Sin importar si la educación es pública o privada, debería de ser para ambos”.

Es indispensable que el estado invierta en campañas que desmitifiquen la salud mental en Nicaragua, “es necesaria una nueva mirada a la importancia de la salud mental como parte del proceso evolutivo de las personas, reconocerlo desde ahí, reconocerlo desde la importancia de que una persona sana emocionalmente también puede tomar mejores decisiones” aseguró Lovo. 

 “Necesitamos que las autoridades de salud le den un mayor interés a este tema, hasta donde entiendo en el Ministerio de Salud de Nicaragua (MINSA), no hay una dirección de salud mental si no que cada centro organiza su trabajo alrededor de salud mental, partiendo de las líneas generales de salud. Lo más adecuado sería, para efectos de trabajo organizativo, que haya dos áreas. El presupuesto es bastante bajo. Hace poco se abrió una clínica de salud mental infantil, pero igual sigue siendo una clínica de referencia nacional y Managua no es Nicaragua” declaró, la docente Trujillo. 

“El problema más grande que tenemos, es darle su lugar a esta faceta de la salud, lo que implica mayores recursos económicos e incluso mayor disponibilidad de plazas para los psicólogos, tanto en los hospitales como en los centros de salud, en las escuelas públicas, en las empresas privadas y estatales. Si queremos garantizar una buena salud mental en este país, tenemos que darle al psicólogo un lugar para que esté disponible para la población”, comentó Trujillo. 

Habed dijo que se trata mucho más de un cambio cultural. “Cambiar la estructura porque si no sería poner parches o curitas. Hay que cambiarla desde el punto de vista estructural y cultural. Hay que cambiar la parte ideológica, los valores que transmitimos, si mantenemos una cultura que mantiene este estado de no comprender lo que significa salud es porque seguimos recreando este sistema”, expresó. 

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