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La Ley Nica nos coloca en una situación de alto riesgo

Por: Arturo Grigsby

Publicado originalmente en Revisto ENVÍO/UCA.

El colapso de la cooperación venezolana, y la urgencia del gobierno de Nicaragua de obtener mayores recursos fiscales para el gasto social y la inversión pública estaba colocando ya el modelo corporativo Gobierno-Cosep ante una disyuntiva: o se elimina al menos una parte de las exoneraciones fiscales de las que goza el empresariado o el gobierno se “aprieta la faja”. Esta disyuntiva se profundiza ahora con el viraje que ha dado la política de Estados Unidos hacia Nicaragua. Porque la Ley Nica, la “Nica Act”, crea incertidumbre y puede afectar la credibilidad en la política económica que ha seguido durante estos años el gobierno de Ortega.

¿Cuál será el impacto en la economía nacional del proyecto de ley que fue aprobado en la Cámara de Representantes el 21 de septiembre, condicionando los préstamos que Nicaragua solicite a las instituciones financieras internacionales a que se celebren elecciones transparentes, observadas y competitivas?
Vimos al asesor económico de la Presidencia, Comandante Bayardo Arce, parafraseando al famoso cómico mexicano ya fallecido, Chespirito, afirmando “que no panda el cúnico”. Arce propuso que no haya pánico teniendo en cuenta que el proyecto de ley no fue aprobado en el Senado y que falta por ver si el gobierno de Estados Unidos estará dispuesto a modificar su política hacia Nicaragua, basada hasta ahora en mantener la estabilidad regional, o si priorizará la promoción de la democracia.

El Comandante Arce piensa que en 2017 la economía nicaragüense va a seguir creciendo, aunque quizás no al ritmo inicialmente previsto. Esta apreciación es compartida por la élite empresarial, que también piensa que Estados Unidos seguirá priorizando la estabilidad geopolítica de Centroamérica, preocupado por la inestabilidad que caracteriza a los tres países del Triángulo Norte (El Salvador, Honduras y Guatemala) y que fuerza a miles de sus ciudadanos a emigrar hacia Estados Unidos. Piensan, por eso, que en Washington se impondrá la decisión de no desestabilizar a Nicaragua para que ese triángulo no se convierta en un cuadrilátero…

Posteriormente a las declaraciones de Arce, se escucharon otras voces cercanas al gobierno afirmando que el corte de la ayuda multilateral sería de apenas 250 millones de dólares, una cantidad que dijeron sería poco significativa.

Ésta es una valoración errónea, ya que el probable impacto económico de la Ley Nica no se limita simplemente al monto de los recursos que Nicaragua recibe de la banca multilateral. En una economía tan frágil como la nuestra,
la señal que ha dado Estados Unidos crea incertidumbre y eso frenará las inversiones. Difícilmente los empresarios van a destinar recursos para inversión hasta que esto se resuelva de alguna manera.

Ningún inversionista quiere ver un conflicto de Nicaragua con Estados Unidos, aunque sea de baja intensidad. Por eso, el impacto más fuerte de la Ley Nica va a ser en la credibilidad de la política económica del gobierno y en todo lo que esa falta de credibilidad incidirá en las expectativas y en las decisiones de los inversionistas privados, tanto nacionales como extranjeros.

El escenario que ven ya planteados economistas independientes y políticos de oposición no es el del Comandante Arce. Afirman que la señal que ya ha dado Estados Unidos con este proyecto de ley, sea cual sea el curso que siga, presagia eso: la pérdida de credibilidad en la política económica del gobierno. Y lo dicen porque si el gobierno de Nicaragua está enfrentado a su principal socio comercial, al principal país destino de sus exportaciones, y además ese socio propone cortarle el acceso al financiamiento multilateral que sirve para financiar las inversiones públicas, no hay dónde perderse: nos enrumbamos a un período de estancamiento o de recesión económica.
Se argumenta también que podríamos estar en una situación similar a la que vivimos en la década de los años 80, cuando el bloqueo de las fuentes de financiamiento multilateral trajo como consecuencia una caída drástica de la inversión privada y la fuga de capitales y con la Ley Nica no sólo sucederá que no van a venir capitales, sino que se van a ir, como se fueron en los años 80. En un escenario así difícilmente habrá crecimiento económico en los próximos años.

Y al llegar aquí es donde entra Sísifo, ese personaje de la mitología griega, castigado a empujar una y otra vez una enorme piedra hasta la cima de una montaña y cuando llegaba hasta allí, la piedra volvía a caer rodando… y de nuevo tenía que repetir el esfuerzo descomunal de tratar de subirla arriba.

Quiero recordar que desde 1984 hasta 1993, años de guerra y de postguerra, años en que la economía de nuestro país no creció o creció negativamente, el retroceso en los indicadores sociales y la caída del ingreso per cápita de los nicaragüenses fue tal que es el día de hoy y todavía el per cápita no ha recuperado los niveles que tenía en 1977, en vísperas del fin de la dictadura de Somoza.

Hoy, aunque el tamaño de la economía es más grande, hay más población y el ingreso per cápita no alcanza todavía aquellos niveles. Imaginemos entonces el costo que tendría para Nicaragua que en los próximos años tengamos, por razones políticas, una situación de estancamiento o de recesión económica. El bienestar de la población se vería severamente afectado.

El esfuerzo que hizo “Sísifo” desde los años iniciales de la postguerra ha sido enorme. ¿De nuevo caerá la piedra de la cima hasta el valle y tendremos que vivir una etapa de retroceso y tendremos que volver a empujarla…? ¿Será eso lo que nos espera en los próximos años?

Hay, pues, dos escenarios extremos, pintados ambos con colores fuertes. El que pinta el Comandante Arce y los voceros de la élite empresarial, que dicen que no hay que entrar en pánico, que creen que la política de Estados Unidos no va a cambiar en lo fundamental, que seguirán contando con los recursos de la cooperación multilateral, y que seguirá habiendo crecimiento económico. Otro escenario, es el que pintan quienes tienen en cuenta la incertidumbre que va a generar en la economía nacional la señal enviada desde Estados Unidos. A la luz de ambos escenarios veamos lo que podemos prever, en base a lo que ha pasado en la economía nicaragüense en los últimos años y en base al comportamiento que han tenido los distintos actores económicos del país.
Lo primero que hay que decir es que en estos últimos años la economía de Nicaragua ha tenido una importante recuperación después de la gran recesión que experimentó el mundo en 2008-2009.

En aquellos años toda la economía centroamericana fue afectada por la crisis global y en toda la región hubo crecimiento negativo, los niveles de pobreza y de desempleo aumentaron y la capacidad de los gobiernos de responder a las necesidades sociales se vio afectada. A pesar de todo, a partir de entonces fue Nicaragua el país de la región con la recuperación relativamente más vigorosa en toda Centroamérica.

Uno de los factores claves para ese vigor fue la abundante cooperación venezolana, que ayudó a estabilizar la economía, financió nuevos programas sociales y abrió un nuevo mercado para las exportaciones tradicionales de Nicaragua.

El otro factor clave fue una coyuntura muy favorable para los precios internacionales de los principales productos de exportación del país. Tuvimos años de un auténtico boom exportador, en que crecían las exportaciones industriales de las zonas francas, principalmente textiles, y crecían también las exportaciones tradicionales: azúcar, café, carne, lácteos, maní, tabaco, oro y otros.

Otros factores que contribuyeron a la recuperación fueron el aumento sostenido de las remesas de nuestra población migrante y, más recientemente, un aumento sustancial de la inversión extranjera. En 2014 la inversión extranjera alcanzó una cifra de 800 millones de dólares, en términos absolutos la cifra más alta en la historia de nuestro país.

El crecimiento económico de estos años también ha sido apoyado por una importante expansión del crédito bancario al sector privado, principalmente orientado a financiar actividades comerciales y de consumo. La tasa de crecimiento del crédito bancario ha sido superior al 20% anual desde principios de esta década.
Este panorama experimentó un cambio importante a partir de 2014, cuando inició el derrumbe de los precios del petróleo, que todavía estamos viviendo, y como consecuencia, colapsó la cooperación venezolana. A la vez, también empezaron a caer los precios de nuestros principales productos de exportación. Así, dos de los pilares del crecimiento vigoroso que veníamos experimentando se vieron seriamente afectados por cambios en el contexto internacional.

A pesar de eso, en 2015 y 2016 Nicaragua mantuvo niveles más o menos similares de crecimiento al que ya tenía y no vimos una contracción de la economía, como hubiera ocurrido en décadas pasadas, cuando si disminuían significativamente las exportaciones tradicionales y también la ayuda externa, era casi una ley de hierro que la economía de Nicaragua sufriera una recesión. En cambio hoy, aun después de dos años consecutivos de reducción del valor de nuestras exportaciones tradicionales y del colapso de la ayuda venezolana, no hemos visto recesión o estancamiento.

La explicación tiene que ver con un aumento muy significativo de la inversión y del consumo privado en el país. Ha aumentado el consumo porque la caída del costo de los combustibles deja más dinero para consumir en manos de quienes pueden consumir. También las remesas y el crédito han seguido creciendo. Combustibles más baratos, más remesas y más crédito han incrementado el consumo. Y también han estimulado la inversión privada, especialmente en el comercio y en la construcción, que ha tenido también un auge estimulado por un aumento significativo de la inversión pública en infraestructura.

¿Por qué Nicaragua sigue recibiendo flujos de inversión extranjera relativamente significativos? La razón principal es que Nicaragua tiene los salarios más bajos de toda Centroamérica. La mano de obra es tan barata que es la única en Centroamérica que puede competir con los más bajos salarios de los países de Asia. El Salvador tiene un salario mínimo un 50% superior al nuestro, el de Honduras es dos veces mayor, el de Guatemala es un poco mayor que el de Honduras y el de Costa Rica es cuatro veces mayor. Por eso tanta de nuestra gente emigra a Costa Rica.

Inversionistas centroamericanos como los guatemaltecos Julio Herrera, del Grupo Pantaleón y Fernando Paiz, ambos condecorados por el COSEP en 2013 y 2016 como “empresarios del año”, o los grupos económicos salvadoreños que crearon y están ampliando los centros comerciales más importantes de Managua, consideran que Nicaragua es el lugar ideal en Centroamérica para invertir porque la tierra y la mano de obra son mucho más baratas y también porque no hay huelgas, no hay problemas sociales que interrumpan la actividad económica y las condiciones de seguridad ciudadana son significativamente mejores que en los países del Triángulo del Norte. Lo dicen también porque si tienen buenas conexiones políticas pueden resolver cualquier problema que se les presente.

Paradójicamente, a pesar de estas ventajas, el clima de negocios de Nicaragua está catalogado como el peor de la región por el Banco Mundial en el “Doing Business Index” y por el Foro Económico Mundial en el “Global Competitiveness Report”.

Cómo se concilia que los indicadores internacionales digan que Nicaragua tiene el peor clima de negocios de Centroamérica y al mismo tiempo con que haya un notable incremento de la inversión extranjera? La explicación está en la política de tratamiento personalizado a los inversionistas que ha seguido durante estos años el gobierno. ¿Qué significa eso? Que si se analiza con criterios internacionales cómo están en nuestro país los derechos de propiedad o cómo está la seguridad jurídica, difícilmente alguien dirá que están garantizados, difícilmente alguien dirá que existe transparencia en el tema de la propiedad y que los tribunales actúan sin favoritismos. Sin embargo, para los inversionistas individuales la historia es otra: la negociación directa y “personalizada” que hace el gobierno de Ortega con empresarios como Carlos Slim o Fernando Paiz, explica bastante esa paradoja.

Las condiciones favorables para la inversión extranjera también han sido aprovechadas por los empresarios nacionales, quienes también se han beneficiado de una generosa política de exoneraciones fiscales. En cuanto a la inversión nacional, también han invertido los pequeños y medianos productores en la ganadería, en la producción láctea, en la producción de carne, en el café, en sectores agroindustriales. También hay inversión nacional en el turismo y en el comercio. Pues bien, lo que va a suceder ahora con la etapa de incertidumbre que provoca la Ley Nica es que lo que tenían programado todos, grandes, medianos y pequeños, para invertir el próximo año lo dejarán a la espera de que se aclaren las cosas.

A la par del aumento de la inversión y del crecimiento económico, los datos oficiales también registran un incremento del desempleo abierto, calculado oficialmente en un 7% de la población económicamente activa. También ha crecido enormemente el subempleo, los trabajos informales. Nicaragua tiene la tasa de informalidad más alta de Centroamérica y una de las más altas de América Latina. Si en 2009, el año de la crisis global, el empleo informal rondaba el 60%, ahora alcanza casi el 80%. Es obvio, por esta razón, que el crecimiento que ha experimentado nuestro país ha sido claramente insuficiente para crear la cantidad de empleos productivos necesarios para satisfacer la demanda de los miles de jóvenes que están entrando al mercado laboral.
La expansión del sector informal explica también otra paradoja de la economía nicaragüense: hay crecimiento económico pero la productividad disminuye en lugar de mejorar. No hay políticas públicas que promuevan de manera efectiva la adopción y adaptación de las tecnologías que ya están disponibles en nuestro país para la pequeña y mediana producción agropecuaria, para la producción artesanal y para los servicios.

Economistas nacionales independientes, como José Luis Medal, Néstor Avendaño, Adolfo Acevedo, Juan Sebastián Chamorro, y más recientemente el economista de Harvard, Dani Rodrik, han sugerido políticas públicas que promuevan la diversificación, la modernización y el cambio estructural de la economía nacional.
Nicaragua tiene una economía poco diversificada y, por eso, muy vulnerable a la caída de los precios de los tres o cuatro productos que seguimos exportando desde el siglo 19: carne, café, oro…

¿Qué hacer para diversificar la estructura productiva y mejorar su sostenibilidad ambiental? Ha habido intentos, hay iniciativas, pero todavía no alcanzan ni una escala ni un volumen como para lograr diversificar nuestra economía y reducir así la vulnerabilidad extrema y los riesgos que corremos por eso. Una investigación del FMI de hace un par de años medía el nivel de diversificación de las economías de los países en desarrollo y mostraba que en 1977 Nicaragua ocupaba el puesto 3 en Centroamérica en cuanto a diversificación y hoy está en el puesto 6. Hemos retrocedido, mientras que los países vecinos van avanzando.

Las brechas con los países vecinos también se han ampliado en educación. Mejorar el acceso y la calidad de la educación es quizás el mayor desafío que enfrenta Nicaragua para su desarrollo, ahí está la mayor barrera a superar.

Según la última encuesta de la UNESCO, de 2014, todos los indicadores de la calidad de la educación están en nuestro país por debajo del promedio latinoamericano y ocupando los últimos puestos en Centroamérica. Hay incluso un deterioro respecto a los resultados obtenidos en la encuesta anterior, la realizada en 2006. Aproximadamente un 10% de los niños en edad de primaria no van a la escuela, con lo que, ya de entrada, tenemos un 10% de futuros analfabetas.

Aunque se ha avanzado poco en resolver los problemas estructurales del desarrollo, los datos oficiales muestran un progreso significativo en la lucha contra la pobreza. Según el nivel de pobreza general de la población nicaragüense se redujo del 42.5% en 2009 al 29.6% en 2014 y la pobreza extrema descendió del 14.6% al 8.3% en esos años.

Hay otras cifras que cuestionan esos datos. Las encuestas anuales sobre pobreza que durante ese mismo período realizó el FIDEG (Fundación Internacional para el Desafío Económico Global), un centro de investigación independiente con amplia trayectoria y reconocimiento internacional en este tema, muestran avances mucho más modestos en la lucha contra la pobreza. FIDEG utilizó la misma metodología avalada por el Banco Mundial y sus resultados muestran que la población nicaragüense bajo la línea de pobreza se redujo del 44.7% en 2009 al 40.5% en 2013. También mostraron que la extrema pobreza permaneció prácticamente en los mismos niveles, al pasar del 9.7% al 9.5% durante esos mismos años.

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