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Los cuentos de hadas también tienen finales sangrientos

Por: Jancsy Abigail García Cabrera

En Nicaragua a lo largo del año 2020, el panorama para las mujeres ha cambiado radicalmente. Sus hogares, el lugar más seguro, se ha convertido en infierno porque han perdido la vida a mano de sus parejas, padres, hijos, tíos, sobrinos, hermanos y vecinos.

La pandemia, las reformas a la ley y la situación sociopolítica, han venido a agravar la situación de inseguridad que viven las mujeres en el país.

Es usual encontrar en las redes sociales, noticieros televisivos y medios de comunicación en general, fotografías de niñas, abuelas y madres desaparecidas y asesinadas. Hechos que parecen parte de una agenda y se han normalizado en el diario vivir de los nicaragüenses.

“La comenzó a estrangular”

Edna Marina Castillo, tenía 60 años, cuando su voz fue apagada por su cónyuge, el verdugo que la condujo a la muerte. 

“Mi tía era una señora que se preparó mucho, era una enfermera titulada que trabajaba en el Ingenio de Chinandega. Fue una mujer muy inteligente”, relató su sobrina Argentina Campos.

Castillo se jubiló en Estados Unidos y decidió venirse a vivir a Nicaragua. “Aquí en Nicaragua compró su casa, tenía su vehículo, recibía su pensión de Estados Unidos y también recibía su pensión de Nicaragua”. 

Su cónyuge, Oscar Antonio Rueda Duarte, alias “El Perro”, a quien conoció por amigos comunes, le arrebató la vida el 14 de octubre del año 2015. Duarte y Castillo vivían en Ciudad Sandino en la casa que era propiedad de Edna. Junto a ellos habitaba el hijo biológico del femicida.

La noche del 14 de octubre, según Campos, Rueda llegó tomado a la casa. “Mi tía Edna comenzó a decirle que por qué se iba a la calle a beber si podía comprarse las cervezas y bebérselas en la casa”, cuenta Campos. Discutieron, mientras el niño de Duarte se encontraba durmiendo en su habitación. 

La entrevistada ignora si el agresor venía de la calle bajo los efectos de alguna sustancia, pero asegura que de un momento a otro atacó con mucha furia a la víctima. “Él la agarró del cuello, le dio un golpe y la derribó, después le pegó en la nariz y Edna comenzó a sangrar”. 

Campos relató que el día de la audiencia, ante la jueza Karen López, el femicida expresó que al momento de la agresión la víctima le dijo que lo “iba a perder todo”. Campo dice que en su declaración Duarte narró con detalles cómo cometió su crimen. “Comenzó a estrangularla, pero antes agarró la identificación de ciudadanía de mi tía y se la metió a la boca, como diciendo que no la necesitaba”. En su testimonio Duarte también dijo: “que la dejó de apretar hasta que de los ojos y oídos le salió sangre”.

Después de haber cometido el delito, agarró ropa y limpió el lugar, luego se fue a dormir como si nada. “A la mañana siguiente se levantó, le dio de comer al niño y lo fue a dejar al colegio”, cuenta Campos. Como a las 10:00 a.m., Duarte fue a entregarse a la policía.

“Nosotras pedimos la pena máxima de 30 años”, dice Campos y agrega que lucharon para que la sentencia no fuera por homicidio, sino por femicidio, sin embargo, por haberse entregado, Duarte fue sentenciado a 25 años de cárcel. “Con estos 25 años no nos devuelven a mi tía, ni tampoco borran el dolor que nosotros llevamos para siempre en la familia”, destacó Argentina Campos.

Grandes heridas

Oneyda Rousaura, tenía apenas 15 años cuando sus femicidas le arrebataron la vida. Este delito ocurrió hace 25 años en la zona rural, Las Cañas, del Municipio de Villa El Carmen. Yelba Medrano, su madre, la recuerda como “una muchachita honesta, bien recta en sus cosas y centrada en sus estudios”. Oneyda cursaba el primer año de secundaria en una escuela perteneciente a dicha zona. La rutina que solía hacer en su día a día fue interrumpida a las 10:30 a.m., de aquel 16 de octubre de 1995, cuando tres hombres se cruzaron en su camino de ida al colegio. “Ella siempre iba acompañada de su hermano René, pero ese día, ella se adelantó porque necesitaba hacer unas compras”, mencionó Medrano. 

Al momento del delito, Yelba, se encontraba en la casa de residencia de una amiga enferma, pero su instinto de madre le indicó que algo andaba mal. A las 12:00 del mediodía decidió irse de la vivienda y a medio camino encontró a su hija tirada boca abajo con su uniforme escolar, camisa blanca y falda azul. “Fue tan grande el susto que yo no le miraba heridas ni nada, porque había llovido fuerte, pensaba que no era nada de eso (heridas), yo pensaba que había caído desmayada, entonces puse todo lo que llevaba, me acerqué donde ella y fue ahí donde le miré las grandes heridas que tenía en su rostro”. Las heridas venían desde su boca hasta la nuca y fueron realizadas con un machete.  

Medrano manifestó que cuando la encontró, toda la lluvia ya le había lavado la sangre de su camisa. “Cuando la encontré la camisa estaba lavada, como nueva”. En ese momento se fue rápido a informarle a su familia, su marido procedió a llamar a la policía, en cuestión de minutos la Policía Nacional llegó a la escena del crimen, estuvieron realizando pruebas y alrededor de la 7:00 de la noche levantaron el cuerpo de la niña y lo llevaron a Medicina Legal en Managua, para realizarle los debidos estudios.   

A través de los estudios, se descartó la posibilidad de una violación, encontraron en las manos de Oneyda restos de cabello de uno de los agresores y en el machete de otro hallaron la sangre de la víctima impregnada. Yelba Medrano, reconoció que los tres agresores eran familiares de una tía de la niña por parte de padre, “uno de ellos era su esposo y los otros dos eran sus sobrinos”. A dos de los hombres los metieron a la cárcel con penas de 30 años, el tercer femicida logró escapar. 

Uno de los femicidas pasó solo 25 años en la cárcel, la Policía lo liberó por estar enfermo, poco tiempo después murió. El segundo no se sabe si todavía sigue en la cárcel y el tercero todavía sigue impune. 

Tras el suceso de este delito el colegio de la comunidad pasó a llamarse “Oneyda Medrano”, en honor a la víctima. Hasta la fecha se sigue desconociendo el motivo y las razones del femicidio.

Como personas de tercera categoría

“El riesgo para nosotras las mujeres es latente, el panorama es claro; mientras no haya un respeto al marco jurídico y al estado derecho de las mujeres, vamos a seguir viendo más femicidios, más niñas violadas. A las mujeres no se nos está viendo como sujetos de derecho, sino como personas de tercera categoría”, destacó Marycé Mejía, Enlace Nacional de la Red de Mujeres contra la Violencia (RMCV). 

El pasado 12 de noviembre del corriente año, en un informe de Católicas por el Derecho a Decidir, se reportaron hasta la fecha 69 femicidios, seis más que en el año 2019. Mejía considera que este aumento tiene muchas causas: “primero se debe a la cultura machista que tenemos arraigada, en la que las mujeres son vistas como personas para atender o estar dispuestas para otros, menos para ellas mismas”. 

Este machismo perpetuo en la sociedad nicaragüense, ha sido el responsable de crear la concepción de que son las niñas las que tienen que encargarse de los quehaceres de la casa y estar en disposición de servirle a otros.

“Desde pequeñas, a las niñas se les va inculcando que son ellas las que tienen que atender a sus hermanos, a sus padres, las que tienen que asumir los quehaceres del hogar, y en muchos casos priorizan al varón para que ejerza sus derechos y a las niñas no”, explicó Mejía. 

La cultura machista no es el único factor que favorece los femicidios. A las causas también se le suma el cierre de las Comisarías de la Mujer, Niñez y Adolescencia, los indultos a ex presidiarios, las reformas a la Ley 779, entre otros factores. Asimismo, las comisarías familiares del país juegan un rol negativo, ya que estas les dan un “enfoque familista a la violencia machista, que es atendida por las estructuras del gobierno y por gente que ni siquiera saben nada sobre derechos de las mujeres”, concluyó Mejía.

Del mismo modo, el sentimiento de impunidad en el país se encuentra en la extensa lista de detonantes de femicidios, “aquí te matan y a los dos o tres meses el agresor está libre”, dijo Celia Vega, miembro de la Red de Mujeres contra la Violencia (RMCV).

Vega aseguró que esta impunidad es promovida por el Estado. Otro aspecto en el que hizo hincapié fue que en el territorio nicaragüense no existe en las instituciones estatales, ni personas especializadas para atender las situaciones de violencia, “la policía es la misma que revictimiza a las víctimas, porque ellos no tienen una capacitación especial en derechos humanos hacia las mujeres y las niñas, entonces si el Estado no garantiza, ni promueve estos derechos, este círculo de violencia lo vamos a seguir viviendo”.

Femicidas trabajan a sus víctimas

Los actos de femicidios son el desenlace sangriento de los constantes abusos que realiza el hombre contra la mujer. Se conoce que antes que se ejecuten estos delitos, las mujeres y niñas vivieron historias de violencia, destacó Mejía. “Ningún femicidio es de la noche a la mañana, todos los femicidas planifican y trabajan a sus víctimas hasta el punto de exterminarlas completamente”. 

El patrón que usualmente sigue un femicida se da con la apertura de violencia psicológica-emocional que generan en sus presas. Esta violencia prácticamente consiste en distorsionar la realidad de la víctima y hacerla dependiente de él, tanto emocionalmente como económicamente, esto lo podemos ver cuando el hombre controla, humilla y minimiza las capacidades de una mujer.

El noviazgo es fundamental para reconocer estas actitudes abusivas, ya que este es el punto neurálgico en donde se desata la violencia, ejemplo, “cuando existe un control de llamadas telefónicas, cuando quiere saber las contraseñas de todas tus redes sociales, cuando no te permite tener amigos, cuando te controla la forma de vestir, entre otros”, puntualizaron Vega y Mejía.

Estos típicos comportamientos son conocidos como “micromachismos” y es importante detectarlos a tiempo ya que usualmente se tiende a normalizarlos o incluso hasta romantizarlos.

“Estos micromachismos son los más letales porque después de estos, la mujer lo llega a normalizar su vida y normaliza cualquier tipo de violencia”. Si estos son identificados durante el noviazgo muchas mujeres jóvenes y niñas pueden librarse de sus agresores, dijeron.

Un inicio de fantasía

Kenia Ortiz, psicóloga del Movimiento María Elena Cuadra, a través de un diagrama, pudo explicar todo el ciclo de violencia y la estructura psicológica de un femicida. “Estos hombres usualmente son celosos, inseguros, se enojan con facilidad y nunca aceptan los errores que cometen, siempre culpabilizan a la mujer”.

Enfatizó que el ciclo de violencia comienza con la “fantasía”, en esta etapa inicia el noviazgo, todo aparentemente que “marcha bien” y “todo es color rosa”. Posterior, viene el momento de “tensión”, aquí la mujer comienza a relacionarse con más personas de su entorno, sus amigas, amigos, compañeros; el agresor ve esto como una amenaza e inicia a sentirse tenso y le reclama a su pareja.

Después del momento de tensión, viene el “estallido de violencia”, en este, el agresor humilla, agrede físicamente, psicológicamente y verbalmente a la mujer. La siguiente etapa se basa en el “arrepentimiento”. también conocida como “luna de miel”, aquí el agresor culpa a los celos por su comportamiento, pide “disculpas”, promete que no va a volver a suceder y la víctima lo perdona. Por último, está “el comportamiento normal”, donde el ciclo se repite una y otra vez, pero cada vez resulta ser más violento. 

Pandemia e inseguridad

La crisis sanitaria, desde inicios del año 2020, ha sido la gota que derramó el vaso en la agudización de las cifras de femicidios ocurridos en Nicaragua.

Rosi Castillo, integrante del Programa Feminista “La Corriente”, explicó que a raíz de esta pandemia se dio a conocer a luz pública que las casas de habitación de las mujeres no son lugares seguros.

“Las pocas mujeres que obligatoriamente perdieron su empleo o porque no tenían otra opción, se quedaron en sus casas sin tener garantías de estar en un lugar seguro, al contrario, tenían garantías de estar encerradas con su agresor”.

Castillo también mencionó que la justificación del encierro y desempleo está presente en la arista pública. Es decir, que estos agresores toman como excusa la frustración, el agobio de no tener trabajo, el agobio de estar encerrado para sentirse con el poder de pegarle o violentar a “su mujer”. “La pandemia nos vino a decir que la violencia sigue estando presente en los hogares y que no va a seguir siendo un tema privado, sino que las organizaciones de mujeres y feministas vamos a seguir sosteniendo que es un problema público y que las mujeres no están seguras en ningún espacio mientras los agresores no tengan castigos”.

Agregó que “los agresores son de la misma familia, vecinos o cualquier persona cercana, no estamos exentas de que las niñas, adolescentes y mujeres vivamos violencia en cualquier espacio”, dijo Castillo.

Marycé Mejía manifestó que la pandemia vino a incrementar el problema de femicidios que ya existía porque los agresores están en las casas y como la policía no está atendiendo nada ya que están desviando su mirada al tema sociopolítico, los agresores aprovechan para cometer sus delitos.

Agregó que “los indultos son un mensaje para decirles a otros agresores que pueden matar, asesinar y hacer lo que ellos quieran porque después van a salir libres, este país no está capacitado para atender el Covid-19, ni la violencia”. 

Estado obstruye el acceso a la justicia

Glenda Vanegas, defensora de los derechos humanos de mujeres y niñas expresó que el Estado no ha actuado en concordancia, ni con responsabilidad, para hacer frente a estos delitos atroces contra las mujeres. “Nicaragua carece de la presencia del Ministerio de la Familia, del Ministerio de Juventudes, de las Comisarías de la Mujer, el Ministerio Público, los Juzgados, y la Corte Suprema de Justicia, entonces esto muestra que las instituciones del Estado no están trabajando en pro de la mujer”.

Rosi Castillo sostuvo que, el Estado no está velando por la seguridad de las mujeres, “el hecho de que nos hayan quitado las Comisarías de la Mujer, te da la apertura de decir que no están haciéndole frente a la violencia”.

La falta de capacitación de personal es un problema más que demuestra el desinterés de estas instituciones para erradicar la violencia. “Incluso, cuando existían las Comisarías de la Mujer no había personal capacitado para atender a las mujeres, es decir, las mujeres iban a poner la denuncia, pero eran revictimizadas por la persona que las atendía dentro de estas, las mujeres siguen siendo cuestionadas a la hora de denunciar y siguen siendo solicitadas una y otra vez para encarar a su agresor”.

El Estado ha sido el encargado de desmantelar toda institucionalidad y todo estado de derecho que proteja a las mujeres, así lo comentó Mejía, “Las instituciones del Estado no están asumiendo la ley, más bien están obstruyendo el acceso a la justicia; cuando la mujer pone denuncia es porque necesitan apoyo y ser protegida” y esta seguridad, en la actualidad, no es garantizada.

Reformas, otra violación a las mujeres

La ley que una vez les garantizó a las mujeres su seguridad y protección ha sido olvidada y dejada a un lado, las constantes reformas que el gobierno le ha hecho, ponen a las víctimas en desventaja respecto a su agresor.

“La ley 779, en su inicio, dio muy buenos resultados, pero se vino a distorsionar cuando hubo un leve cambio en unos de sus artículos y se estableció que la mujer violentada irá a mediación en los casos de violencia extrema. Originalmente la ley establecía  que no podía haber mediación entre el victimario y la víctima”, dijo Vanegas.

Vega afirmó que no se puede aplicar una ley con mediación porque se deja a la víctima en un mayor riesgo, junto a Mejía, aseguró que un hombre después de mediar se vuelve más peligroso y se enfurece más con la mujer. 

La otra reforma realizada influye en limitar los femicidios a relaciones de parejas, es decir, que el gobierno dio a conocer que solo es femicidio cuando el esposo o novio de la fémina realiza el delito y cuando el ex cónyuge o una persona lo comete es considerado como “asesinato”, por consecuencia esto significa una disminución en los años de prisión de los agresores, explicó Vanegas. 

Comisarías fantasmas en todo el país

El 31 de enero del 2020, la vicepresidenta de la República de Nicaragua, Rosario Murillo, a través de un comunicado dio a conocer el relanzamiento de las oficinas de Comisarías de la Mujer y Niñez en los distritos de Managua, delegaciones departamentales y municipales del país. “Las mujeres queremos vivir en armonía, vivir en paz y sobre todo queremos asegurar nuestras vidas”, fueron las palabras de Murillo cuando hizo el lanzamiento de la Campaña ¡Mujeres por la Vida. Mujeres Paz y Bien!

Sin embargo, para las expertas consultadas, esto nada más es una cortina de humo porque estas instituciones no ejercen de manera correcta su labor. Las especialistas insisten en que no hay personal capacitado para mitigar la violencia contra las mujeres, además, no se conoce a ciencia cierta dónde están funcionando estas oficinas. “Estas aperturas no sé dónde se han hecho, en cada municipio que conozco no hay ninguna comisaría de la mujer, desconozco totalmente dónde están atendiendo”, pronunció Vega.

Con respecto a las reaperturas de las Comisarías de la Mujer, Rosi Castillo aseguró que no son algo positivo ya que no “cuentan con un personal capacitado para atender las denuncias, también porque esto es una estrategia de control ante la cifra de femicidios”. Para Castillo el objetivo del Estado es evitar que instituciones independientes que velan por la seguridad de la mujer sigan reportando la situación real sobre la violencia. El gobierno hace esto para “tener el control de la información pública”.

Asimismo, es claro que las mujeres no van a seguir teniendo ninguna garantía, ningún amparo porque son instituciones cómplices de la violencia.

Mujeres en estado de alerta

Si hacemos un listado de todas las víctimas que han muerto a causa de femicidio, nunca terminaríamos, este es un número que día a día sigue aumentando y no hay indicios de que vaya a detenerse o mitigarse.

El sinnúmero de mujeres asesinadas es una fiel demostración de la falta de interés del gobierno, de la inoperancia en sus sistemas de justicia y en el incumplimiento de la ley 779.

La cultura machista, el pensamiento patriarcal, el sentido de impunidad, son algunos de los factores que actúan a favor de estos crímenes.

¡Nos queremos vivas, libres y sin miedo! ¡Ni una menos!

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